La increíble transformación que sufrió el transporte durante la Guerra de Independencia

¡Viva México!

El periodo de lucha insurgente en nuestro país supuso una auténtica transformación para el transporte de bienes y pasajeros. Previo a esa época, el transporte en toda la Nueva España se efectuaba en carruajes tirados por caballos y mulas, donde recuas de 25 a 40 animales eran manejadas por los arrieros.

La construcción de vías que permitieran a la Ciudad de México conectar con los principales centros urbanos como Puebla, Acapulco y Veracruz conllevó un reto mayúsculo que se tradujo en muchos años de desarrollo.

A partir de la segunda mitad del siglo XVIII, la modernización de los caminos brilló por su presencia, la ruta México-Toluca se trazó en terracería y el camino a Veracruz era plurifuncional, ya que se podía acceder a ella por la vía de Jalapa o por la ruta que iba a Córdoba y Orizaba.

No obstante, el inicio de la guerra de independencia provocó que la mayoría de los caminos fueran destruidos y el resto tomados por las guerrillas insurgentes, por lo que al final de la batalla era casi imposible transitar por ellos.

En consecuencia, se interrumpió el cobro de impuestos, el tráfico comercial y la correspondencia al interior de la Nueva España, aunado a las afectaciones del comercio con la metrópoli.

El transporte durante la Guerra Insurgente

Arriero

El traslado de bienes dejó de ser constante y tuvo que ser periódico, sujeto a un sistema de convoy que buscaba protegerse de los ataques. El riesgo de caminar libremente por las carreteras recién arregladas era muy alto.

Todo esto propició que se cobrara a los transeúntes un dos por ciento sobre el valor de la mercancía que se transportaba, todo ello con el objetivo de poder pagar a la tropa de resguardo.

El costo del flete se elevó de una manera desmesurada, acordando los comerciantes pagar 34 pesos por carga, cuando en el año 1800 el costo promedio por carga a Puebla era de 3.96 pesos.

Cabe señalar que el regreso de Puebla a Veracruz debía de ser en un tiempo máximo de 6 días, ya que de otra manera los arrieros cobraban cuatro reales diarios por carga para su mantenimiento y el de las mulas.

En aquellos años, era usual que los carruajes que iban en convoy se utilizaran para transportar tropa enferma o herida, lo que causaba prejuicios al sobrecargarse el transporte.

Dada la inestabilidad del país, en esos años se propuso un camino militar, el cual estaría resguardado con la suficiente tropa entre la capital y el puerto de Veracruz, vía Jalapa, que al menos permitiera la comunicación quincenal o mensual de correo y correspondencia privada.

La reconstrucción

Semanas después de la consumación de la Independencia, el 8 de noviembre de 1821, la regencia del Imperio Mexicano creó la Secretaría de Estado y del Despacho de Relaciones Exteriores e Interiores, la cual se le encomendó la rehabilitación de la red de caminos.

Sin embargo, la falta de recursos económicos para su reparación, aunado al cambio de régimen de Imperio a República, complicaron dicha misión.

De acuerdo con un estudio de la SCT, las compañías mineras británicas que se establecieron en el país rehabilitaron algunos de los tramos carreteros para introducir maquinaria y equipos modernos con el fin de explotar ese sector.

En ocasiones, incluso construyeron nuevas rutas para facilitar el acceso a las minas, lo cual requirió del esfuerzo de hombres que frecuentemente sufrían accidentes mortales durante la obra, además de las averías de las carretas que conducían los materiales traídos desde Londres.

De esta forma, ante la debilidad del incipiente Estado mexicano y la ausencia de una política clara para la construcción de caminos, el gobierno federal no tuvo otra alternativa que dar en concesión el mantenimiento de los ya existentes y la habilitación de nuevas rutas.

Por ello, a partir de 1833, la compañía de diligencias del empresario y agiotista Manuel Escandón se haría cargo de esa tarea pendiente.

Sabías que…

Durante la década de 1793, el virrey Revillagigedo inauguró en la Ciudad de México el servicio de ‘coches de alquiler’. Se trataban de ocho carruajes cerrados en color verde con amarillo y numerados (sí, como cualquier taxi), los cuales eran tirados por un par de caballos.

No se les podía hacer la ‘parada’ en cualquier lugar, sólo se podían abordar en la plaza de Santo Domingo, en el portal de Mercaderes (hoy Zócalo) y en la calle del Arzobispado (calle de Moneda). Daban servicio de las 7:00 a las 21:00 horas, con un descanso de tres horas para comer y descansar.

El “banderazo” era de dos reales y dos más por cada media hora, y los pasajeros debían cerciorarse de no dejar sus pertenencias antes de descender. Para principios del siglo XIX, la flota ascendía ya a 30 unidades.

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