Crónicas de cachimba, La Vaquera en la 57

Hacen comidas, sirven mesas y acercan el cuerpo a los clientes, con algo de malicia. “Siéntate ya morrita, no trabajes tanto”, les dicen.

Son dos mujeres jóvenes las que dentro de este local realizan un trabajo de “cachimberas”. Se les deja sentarse a las mesas, beber con los clientes y dejarse manosear… cuando pagan el precio. El servicio de “acompañamiento” que brindan a los hombres tiene un costo a favor del negocio, las propinas son para ellas.

Este antro de carretera (cachimba) se llama La Vaquera, según se lee en un rótulo pegado sobre la fachada. Con techo de lámina acanalada, los muros del pequeño inmueble, hecho para vivienda, son de color blanco y tienen una franja inferior de color azul, sobre la cual destaca el logo de una marca de cerveza.

A simple vista, el local parece una fonda de comida casera (como también se lee) pero en ciertos días y horas, opera como bar.

Un chofer que conoce el “ambiente”, explica al neófito la mecánica de operación de la cachimba, a la que él denomina “la tenebra vaquera”.

“Si ves la puerta abierta, es puro restorán. Si está medio cerrada, es que hay jale”, indica.

La Cachimba La Vaquera se localiza a menos de 300 metros de la carretera 57, apenas metido sobre una calle terregosa de la comunidad Puerta de Palmillas, en San Juan del Río.

Enfrente del local, en donde suena música de banda, el tráfico que avanza lentamente hacia la caseta de peaje más concurrida del país.

Se encuentra de todo. Cuando se le pide “una opinión” sobre las cachimbas, el chofer David López cree adivinar alguna intención de la pregunta y sale al quite.

“Mira… es cierto que hay cachimbas donde te venden mota, cristal, un pomo o anfetaminas para no dormirte. Y están las que te venden hasta gasolina robada. Pero hay de cachimbas a cachimbas. O sea, no todas son lo mismo”.

Un Trailero que trabaja para la empresa Julián de Obregón, dice apreciar mucho esos lugares, en donde ha pasado “media vida” laboral, de modo que no desea “que se haga amarillismo”.

“Hay infinidad de cachimbas honestas, yo diría que la mayoría. Comes sabroso, te atienden y te dan buen precio. Consigues un montón de cosas que ocupas: desde unos lentes, un espejo, un peine, una playera. Yo tengo amigas cachimberas y hay colegas que se han casado con ellas. Son parte del mundo trailero. Te las encuentras en todos los caminos, hasta en sitios que ni te imaginas”, comenta.

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